Crónicas

“Barcelona, are you feelin’?”: Tame Impala en el Palau St Jordi

La vuelta del proyecto australiano a Barcelona contó con un Palau completo y lleno de energía.

Unas chicas corren con sus polleras largas mientras en el escenario se prueban los instrumentos; un chico se saca el buzo en el entretiempo de los teloneros RIP Magic y el tan esperado Kevin Parker. La ansiedad de todos va en aumento y, después de una larga espera, Tame Impala vuelve a los escenarios catalanes.

Las luces y el confeti son una parte esencial del show, de la experiencia que el proyecto quiere brindar a su público. Con su típico toque psicodélico, Kevin y su banda están haciendo vibrar estadios enteros, llenos de alegría mezclada con nostalgia. En canciones como Elephant, los allí presentes gritaron y saltaron con toda la energía posible, y esas casi 2 horas de concierto se quedaron cortas para las ganas de bailar.

La performance fue desde prenderse un cigarrillo en el escenario principal hasta tirarse en el piso de una segunda plataforma, ubicada en el centro de la pista. Ésta parecía simular el living de una casa, con un velador en cada esquina y una alfombra. Con estos elementos y un sintetizador, Parker creó un ambiente tanto desconcertante como relajado, con un ritmo calmado y contrario a lo frenético de los shows.

El proyecto Tame Impala nació en Australia en 2008 y, liderado por Kevin Parker, suma 5 discos, caracterizados sobre todo por la psicodelia que manejan, desde rock psicodélico hasta pop psicodélico, pasando por la electrónica. Han pasado por la capital catalana en alguna que otra ocasión, pero nunca en un show propio (siempre en festivales), así que el australiano destacó su agradecimiento por la cálida acogida: “Barcelona, merci!”, repitió en varios puntos del concierto.

Uno de los momentos más especiales fue sin duda cuando interpretaron “Let it happen”, una de sus obras más populares. El juego de luces iluminó el estadio entero y, por más que hubieran estado activos todo el concierto, durante esta actuación fueron diferentes. Junto con el confeti y la emoción de la gente, una canción de casi 8 minutos se sintió como una de 3.

En un mundo donde todo avanza con rapidez y el tiempo nunca alcanza, es reconfortante encontrarse en momentos como estos, donde se entiende la necesidad de dedicar espacio a lo que nos hace bien, aunque se sienta como tiempo perdido, como ocurre con la música.

Foto: Gentileza Christian Bertrand

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