Crónicas

Fito Paez y su piano en el Palau: Todo está sellado en mi alma

El músico rosarino convirtió el Palau de la Música Catalana en un templo de canciones, silencios y complicidad.

“Si esto no es Argentina, Argentina ¿dónde está?”. La pregunta de Fito Paez queda flotando en el Palau de la Música Catalana mientras se sienta frente al piano. Afuera está Barcelona. Adentro, en cambio, podría ser cualquier lugar del mundo donde una canción consiga juntar a un montón de desconocidos y hacerlos sentir parte de algo. La gente está sentada, pero inquieta, expectante. Alguien canta muy fuerte. Es normal. Hoy toca Fito.

El formato es solo piano y voz, pero Paez nunca está realmente solo. Lo acompañan las canciones, los fantasmas, los amigos, los maestros, los discos escuchados de chico y una historia entera de la música popular argentina. El Palau, con sus musas, sus flores, sus vitrales y ese órgano monumental detrás del escenario, parece construido para que suceda algo así. Y sucede.

“Me gusta hacer este pequeño ejercicio místico”, dice antes de invitar a la gente a cantar a capella el estribillo de “El amor después del amor”. Entonces deja el piano y escucha. La sala canta. No es un karaoke ni una participación forzada: es un momento de comunión. “Nadie puede vivir sin amor”. Después llegan “11 y 6” llegó la primera dedicatoria para un invitado célebre. “Fogwill (Rodolfo, escritor y sociólogo argentino) tan querido tenía un berretín de hacer una zamba, obviamente no se andaba con chiquitas”. Y entonces, empezó a sonar “Zamba del cielo” para el escritor y periodista argentino Alan Pauls que sonreía desde la platea.

Después aparece Atahualpa Yupanqui. Fito cuenta la historia de aquel cantautor y músico argentino, un icono del folklore que recorrió el país, que había tocado con Magaldi y Gardel y que decidió tocar apenas dos acordes. Dos acordes y nada más. Paez se pone a tocar las cuerdas del piano como si fueran una guitarra, después un bajo, después un bombo. Simula una tormenta. El instrumento deja de ser un piano y se convierte en una orquesta imaginaria. Y cuando parece que ya no puede ir más lejos, toca desde las entrañas y empieza a cantar a capella “Los ejes de mi carreta”.

Una clase de música en el medio de un concierto

“Nada es lineal en la vida. Qué suerte, boludo”. Fito va de Yupanqui a Lennon sin pedir permiso. Cuenta que alguna vez estuvo perdido en los arrabales de una ciudad europea, sin plata y sin novia, y que de entre los discos que le hacía escuchar su padre más los que descubrió solo (Troilo, The Beatles, Charly García) salió “Tumbas de la gloria”. Después llega “Los mareados” y se divierte con las distintas versiones del título, «Los drogados», «Los dopados». “Espero que Cadícamo no se revuelva en la tumba, pobrecito”.

Entonces explica algo que parece obvio y, sin embargo, ilumina todo el concierto: “La música es un juego, como en inglés es un play, por eso no encuentro diferencias entre tocar Los mareados y tocar Mother de Lennon”. Y efectivamente no las hay. En manos de Fito, el tango y Lennon pertenecen al mismo territorio. Como también pertenecen a ese territorio “El fantasma de Canterville”, “La despedida” y “La rueda mágica”, recibida con una ovación que obliga a Fito a establecer reglas. Hay permiso para aplaudir al final, pero no en el medio: “Porque la van a cagar”.

El público acepta el pacto. O casi. Algún caradura aplaude antes de tiempo, se da cuenta y recula. Fito celebra. “¡Excelente!”. Y aprovecha la prueba para hablar de la música como un lugar donde las cosas todavía pueden funcionar. Habla de la guita, de acumular cosas, de la necesidad de que en las escuelas haya profesores de música que enseñen las notas a nuestros hijos. El Palau se convierte, por un rato, en aula, teatro, bar y sobremesa.

Después vienen “Detrás del muro de los lamentos”, “Brillante sobre el mic”, “Llueve sobre mojado” y “Ciudad de pobres corazones”. La última llega con una pregunta brutal: “Dicen que ya no soy yo, ¿quién mierda voy a ser?”. Después, entre los aplausos, Fito agradece el silencio. La frase parece pequeña, pero resume lo que acaba de pasar, una sala entera aprendió a escuchar.

Fito se despide. Todos se ponen de pie. Hay ovación, hay “olé, olé”. Pero vuelve. Ahora vestido de amarillo. Cuenta que está Marc Giró, uno de sus presentadores preferidos del mundo, y le dedica una canción al periodista catalán que agradeció con una sonrisa: “Te vi”. Después “Mariposa tecknicolor” rompe cualquier resto de solemnidad. Ya nadie tiene vergüenza. Todos cantan a los gritos y sube la emoción cuando llega “Y dale alegría a mi corazón”.

Fito pide apagar todas las luces, la oscuridad total y el silencio se sostiene un rato largo. “Nadie se merece tanto amor”, suelta emocionado antes de volver a sentarse al piano. “No sé qué tocar, boludo”. Y entonces aparece Charly. Primero “Viernes 3 AM”, de Serú Girán. Después “Canción para mi muerte”, de Sui Generis. No hace falta explicar demasiado, son canciones que forman parte del mapa genético de Fito y de buena parte de los que están ahí.

Para el final Fito se guarda “Al lado del camino” y ya no queda nada por demostrar , solo queda agradecer. El Palau vuelve a ponerse de pie y la ovación se mezcla con la sensación de haber presenciado algo irrepetible: un músico solo frente a un piano, recorriendo su propia historia y listo para escribir el siguiente capítulo.

Foto: Gentileza Edgardo Garrido

Netflix presenta el tráiler de Fito Paez: el mundo cabe en una canción

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *