Los pacientes de Susana García (63) tienen algo en común: muchos son varones, son artistas y fueron escrachados. Desde músicos hasta directores de teatro, estos hombres se reúnen junto a la psicóloga gestáltica para trabajar sus masculinidades, las formas de relacionarse con otros y otras, e interpelarlos a registrar el daño realizado para poder repararlo.
Sentada entre colchonetas en su consultorio de Villa Crespo -y a casi tres años de la ola de denuncias públicas que desencadenó en la separación y cancelación de varias bandas y artistas- García habla de los beneficios del conversatorio y su “fenómeno de sensibilización”. Además, aunque reivindica el escrache como herramienta para los feminismos, la psicóloga analiza los vínculos entre músicos varones y mujeres, advierte que la idealización es “una forma de deshumanizarnos” y agrega que “el día que la autoridad rote, no existirán más los escenarios”.

–¿A qué se dedican los varones que vienen a tu consultorio?
–En general son personas públicas: músicos, cantantes o directores de teatro. Pero no siempre son famosos: también hay profesores universitarios y gerentes corporativos. Muchas veces estos varones vienen acompañados de sus amigos, no vienen solos. Cuando vienen en grupo, para mí es mejor porque hay otras voces. No es sólo lo que la persona cuenta de sí misma. Y en algunos casos, también recibo a familiares para tener un panorama más amplio.

–¿En qué estado llegan esos hombres escrachados a la terapia?
–Golpeados, shockeados por lo que les ocurrió, en medio de un lío que no tienen idea de cómo resolver. Están los que piden ayuda legítimamente porque se vieron a sí mismos y lo que vieron les resultó tan monstruoso que quieren cambiar. Y, después, están los que han venido porque era lo políticamente correcto en ese momento y era la única manera de sostener algún nivel de credibilidad.

–Este segundo grupo lo hace porque no le queda otra…
–Es que es eso o el exilio. O se van a vivir a Australia o dan alguna señal de “estoy trabajando, voy a terapia”, pero cuando eso es así, no resulta: se cae con el tiempo. Del mismo modo que cuando un varón realmente quiere cambiar, cambia. Por eso yo estoy totalmente en desacuerdo con que ellos hagan declaraciones públicas y entrevistas. Siempre les sugiero que guarden silencio porque que una persona haya decidido cambiar, no significa ni un poco que cambió. Lo que marca si una persona cambió es la profundización en ese movimiento interior y eso lleva tiempo. Cuando leo que publican “me di cuenta de que soy horrible”, sí, es un primer paso, pero no sos un hombre nuevo.

–¿Hay alguna diferencia entre los varones jóvenes que son escrachados y los adultos?
–Los jóvenes son los que más reconocen sus conductas inadecuadas de la adolescencia. Es más, en algunos casos, el varón reconoce sus actos aún sin haber sido escrachado. Ahora, también tenemos que ver la variable tiempo. Ese varón que está siendo escrachado por algo que hizo hace 10 años, ¿cómo está ahora? Y aclaro: hablo de escrachado y no denunciado. Alguien que cometió un delito debe ser denunciado aunque hayan pasado mil años. Ahora, transpolar épocas trae problemas porque nosotras no podemos mirar con nuestros ojos actuales 50 años atrás o no podemos mirar con nuestros ojos actuales la Historia.

–¿Trabajás con cualquier escrachado?
–Siempre aclaro una cosa: yo atendería a un violador solamente si está en la cárcel. No veo otra manera. Si hay una denuncia penal, yo acompaño a la mujer. A veces son situaciones delicadas porque es un trabajo que lleva mucho tiempo y esa denuncia quizás le abre los ojos a otras mujeres que pasaron por lo mismo, que se suman y que finalmente logran unirse para una demanda. Los varones que han venido y vienen a terapia fueron escrachados por acciones totalmente inadecuadas que necesitan cambiar pero que, a su vez, no son factibles de ser denunciadas.

“Cuando un varón realmente quiere cambiar, cambia. Por eso yo estoy totalmente en desacuerdo con que ellos hagan declaraciones públicas y entrevistas. Siempre les sugiero que guarden silencio porque que una persona haya decidido cambiar, no significa ni un poco que cambió.”

–¿Por qué hacés especial hincapié en diferenciar las situaciones?
–El uso de las palabras me parece muy importante: un violador es un violador; un abusador es un abusador y un pelotudo, es un pelotudo. Hay situaciones que requieren un límite, hay otras que requieren un escrache y hay otras que requieren una denuncia. Nosotras como mujeres tenemos que poder discriminar y dejar de usar ligeramente la palabra violador porque es alguien que tiene que ser denunciado, condenado y pasar unos cuantos años de su vida a la sombra. Y ojalá se pudiera hacer algo para que, si algún día le toca, salga distinto de ahí y no otra vez alguien potencialmente peligroso, ¿no?

–¿Todos y todas podemos deconstruirnos?
–Algunes sí pueden hacerlo. Si yo seguí haciendo esto durante 40 años es porque es mucha más la gente que vi cambiar, que las veces que no tuvo sentido lo que intentamos. Y algo que te quiero aclarar: mi madre murió víctima de un femicidio a los 39 años. El primer Ni Una Menos fue muy fuerte para mí porque por primera vez ella pudo estar ahí: yo la incluí en la lista reconociéndola como víctima de femicidio. O sea que realmente conozco lo que es la brutalidad del patriarcado y te puedo asegurar que hice algo con eso.

–Dijiste que, en algunos casos, recibís en tu consultorio a los familiares y a los amigos de tus pacientes. ¿Cómo se refleja el machismo en esos vínculos?
–Está el macho alfa que tiene un cierto privilegio con respecto a sus amigos. Hay varones que son admirados porque son vistos como ganadores: son los más pillos, los que más chicas se levantan. Hay muchos a los que sus propios amigos les han faltado el respeto y estos callan porque no se animan a hablar. Un ejemplo son los grupos de WhatsApp: hay cosas que no les caben, pero que no encuentran la manera de decir “esto a mí no me gusta” aun cuando se autodenominen feministas o compañeros de lucha. Es una minoría la que tomó conciencia.

–¿Cómo notás los avances?
–En sus formas de relacionarse. Es muy distinta la actitud de una persona que ya cambió y que, con dolor, se reconoce a sí mismo en un pasado. A esa persona le duele lo que él era, le duele lo que hizo, le duele la otra persona.

–¿Qué beneficios trae el conversatorio a comparación de la terapia individual?
–Es importante que se escuchen, que escuchen a otros porque a veces hay algo que a vos te cuesta mucho decir, y te cuesta tanto decirlo que casi te cuesta pensarlo. Y de pronto alguien lo dice y entonces es impactante. “¡Qué suerte que lo dijiste!”. El grupo te sorprende. En el caso de las bandas, ya se conocen y traen una historia juntos. Pero cuando se nuclean varones que no se conocen y que tienen distintas edades, es también muy interesante porque a veces coinciden edades de padres con edades de hijos. Cuando esos varones más jóvenes cuentan su dolor con respecto al autoritarismo, las debilidades, la depresión, la distancia de sus padres, esos varones mayores se sienten muy identificados. Y es fuerte porque quizás sus hijos jamás les hubieran dicho todas esas cosas. En el trabajo grupal hay un fenómeno de sensibilización.

–En tu consultorio también realizan ejercicios corporales
–Es una gran herramienta incluir el cuerpo en un trabajo terapéutico porque ahí habitan todas nuestras emociones. El cuerpo del varón está entrenado para el rendimiento: no es un cuerpo de conciencia. Incluso con el sexo están en contacto desde ese lugar: es un acto gimnástico, como ir a spinning. Es importante hablar de esto porque las situaciones de abuso denunciadas, en general, están vinculadas con el sexo. A los varones el hecho de hacer silencio y conectarse con su interioridad les cuesta bastante y, para tener una percepción del otre, tenemos que estar muy en contacto con las emociones. Estos ejercicios se proponen a veces desde un lugar más lúdico, a veces más introspectivo. De todos modos, hay algo que siempre digo: como justamente el patriarcado es un sistema, nosotras también tenemos que revisar mucho. Y esto es un tema delicado porque, muchas veces, hay determinados sectores que se enojan cuando lo decimos.

“Mi madre murió víctima de un femicidio a los 39 años. El primer Ni Una Menos fue muy fuerte para mí porque por primera vez ella pudo estar ahí: yo la incluí en la lista reconociéndola como víctima de femicidio. Realmente conozco lo que es la brutalidad del patriarcado y te puedo asegurar que hice algo con eso.”

–¿Cuál es el trabajo que deberíamos hacer las mujeres?
–Hay como toda una ficción, una irrealidad, que nosotras tenemos que desactivar en nuestro interior. Y esto es algo cotidiano, lo veo mucho en la intimidad de los consultorios: llegan muchas mujeres angustiadas porque no están en pareja. Y la búsqueda de ellas es ver qué están haciendo mal para no lograrlo. Entonces yo digo: “no, nada, no estás haciendo nada”. ¿Por qué creer que es la única opción estar en pareja? ¿Por qué creer que si no estoy en pareja es que estoy haciendo algo mal? Si una mujer espera a un hombre que todavía no conoce con la idea de que su vida va a ser mejor cuando él llegue, ya te das cuenta de que ahí hay algo que está torcido. Porque a veces son tantas las ganas de que llegue, que cuando lo hace, acomodamos la realidad para que esa persona se quede.

–¿Creés que todavía existe un arquetipo de “hombre ideal”?
–Sobre eso ha habido muchas denuncias, sobre todo con los músicos y bandas. Si nosotras vemos esa escena, hay un escenario con un grupo de hombres arriba, los iluminan todos los reflectores; cuánto más famosos son, más alto es el escenario y más lejos los veo y si son muy famosos pagué una entrada carísima y ya ni los veo. Y el dinero que gané trabajando mil horas lo gasté en tatuarme su nombre, en ir a su recital en el interior del país, pagar el micro. Y en toda esa multitud de personas hay una inmensa comunidad de mujeres que está deseando a esos hombres y hay también hombres que los desean y envidian. Hay algo en todo eso que tenemos que cuestionarnos.

–¿Eso se debe a cómo son idolatrados estos personajes?
–Hay una fascinación por un ídolo. ¿Por qué no miramos al varón que tenemos al lado? ¿Por qué no el varón al que no iluminan tanto los reflectores? ¿Qué estoy poniendo ahí? Porque también hay algo en ese deseo: esa persona que está ahí arriba también se ve de una manera distorsionada. Vos sacás a esa persona de ese lugar, la ves en la esquina y quizás no te pasa nada. Y ahí vos decís: “¿¡este quién es!?”. Yo a veces los cargo a los pacientes, les hago bromas porque llegan diciendo: “Ahora me miran y me juzgan”. Y yo digo: “Flaco, ¡pará que acá en la esquina por ahí no saben ni quién sos!”. Es muy fuerte eso. Ahora, en ese mundillo que creamos, justamente, nos movemos con juegos de poder. Si nosotros queremos construir un sistema diferente, una vida diferente, necesitamos que cambien las jerarquías.

–¿Cómo se logra eso?
–El día que la autoridad rote, que haya equidad, que haya otro nivel de responsabilidad afectiva, de comunicación entre nosotros, no existirán más los escenarios. Ese día las luces nos iluminan a todos, si es que hace falta que nos iluminen. Ahora, que yo cuando un ídolo me defrauda, busque otro… Porque ya han pasado dos, tres años desde todo el movimiento fuerte de los escraches. En este tiempo hay hombres que no cambiaron ni un poco, ni se lo propusieron siquiera. Hay otros que sí y aún les cuesta muchísimo. Y nosotras también nos propusimos vincularnos de un modo diferente. Algunas. Otras no: nos tenemos que hacer cargo de que buscaron un nuevo ídolo.

–¿Cómo se cierra ese círculo de idolatría?
–Es peligroso. Porque injustamente digo “esta banda me defraudó”, pero sigo buscando quién no me defraude. El tema es que todes cambiemos el juego. Cuando decimos “muerte al macho”, también digo muerte al macho en mí. Si yo percibo un residual de idolatría, de fascinación, de estar esperando… Soy Penélope esperando a Ulises, rechazando oportunidades porque lo está esperando a él y él haciendo su mambo, su viaje, viviendo sus aventuras. Ese mito es patriarcal. Porque el patriarcado viene de muy lejos. Estamos intentado desmontar algo que es de años y es groso.

–En el vínculo “groupie- músico”, más allá de que ambas partes deben reflexionar, ¿hay distintos niveles de responsabilidad?
–Cuando tenemos poder, sí. Hay distintos niveles de responsabilidad afectiva. A mí me interesa este concepto: creo en él. No me parece algo de moda porque implica que hay momentos en las relaciones en que hay distintos niveles de experiencia, de madurez, de posibilidades. Todo eso genera privilegios. Tenemos que ser muy conscientes de nuestros privilegios porque hay un montón de situaciones donde podemos ser abusives. Y no es sólo algo de varones: hay mujeres famosas también. El varón blanco, instruido, famoso, con un determinado nivel económico o sociocultural tiene privilegios. Y no hablo solo de músicos: si analizamos las estructuras empresariales vamos a ver que hay más gerentes que gerentas. En carreras como Medicina hay cada vez más médicas que médicos, sin embargo, los lugares de poder están mayormente ocupados por ellos. El hombre tiene que ser consciente de que hay una supremacía masculina.

Susana García es Licenciada en Psicología de la Universidad del Salvador (USAL). Coordina Espacio Y, donde trabaja junto a otras profesionales de la salud desde los ejes de la psicoterapia gestáltica y la educación somática.

–¿Dónde quedamos las mujeres en todo esto?
–Vos pensá: de este lado hay un hombre que se la cree y, del otro, hay una multitud de mujeres. Es raro. Es como una contra fuerza: estamos todas nosotras, tenemos un poder enorme. Ese hombre se cree lo que se cree por este espejo que ponemos nosotras. Si este espejo le devuelve que se baje de ahí, que se corra, se desactiva inmediatamente. Imaginate un cantante sin fans: canta acá a la vuelta. Si nosotras nos damos cuenta de esto y decimos: “no, así no me gustás ni un poco, no hay ni un coro cantando tus canciones”, ¿qué hace esa persona? ¿Hasta dónde le dura el poder? Empoderarnos es ser conscientes de que a esos ídolos los construimos y los deconstruímos nosotras también.

–Al principio mencionaste que estabas en contra de los comunicados que sacan las bandas post-escrache. Sin embargo, existe, desde los y las fans, una presión para que los integrantes declaren. Entonces, ¿se quedan en silencio o deben sentar posición?
–La verdad es que cuando no dicen nada es porque lo que dicen que hicieron, lo hicieron. Es así. Hay algo que es una verdad irrefutable. Pero cuando una persona se retira, y dice “voy a terminar con esto, reconozco que lo que dijiste es así” y pide disculpas, ¿qué más? Ahora, yo hablo de los comunicados públicos. Estoy totalmente de acuerdo con que los varones que ofendieron a una mujer y que hicieron cosas que, si bien no ameritan una denuncia penal, realmente fueron horribles, pidan disculpas de manera privada; decirle “sí, tenés razón, hice esto, ojalá no lo hubiera hecho pero ya lo hice, estoy laburando para no volver a repetir esta acción que es absolutamente condenable”. Ahora, lo otro: si un varón ya hizo todo esto y se repliega a trabajar consigo mismo, ¿qué más? ¿Qué es lo que queremos? Porque si yo espero que él me diga no sé qué, que me explique no sé cuánto y… va a decir boludeces, ¿qué me va a explicar? Que lo reconozca ya es un montón. Esa necesidad de una explicación pública es seguir dándole el poder a esa persona.

–Todavía están presentes los debates sobre las metodologías del escrache y sus consecuencias, si es que respeta o no el principio de inocencia, si realmente produce una sanación en la víctima, ¿cuál es tu posición?
–El escrache fue muy efectivo, pero no soy dada en la generalización: hay mujeres a las que les sirve y hay mujeres a las que no les sirve ni un poco. Me parece muy útil el escrache porque impone un límite ante la ausencia de otro límite. Pero reconozco, por ejemplo, que hay una disparidad, que hay hombres que han hecho cosas que merecen ser llevadas a la Justicia y no han sido ni escrachados porque todavía detentan posiciones de poder. Hay intocables. Todos nos damos cuenta.

–¿Reivindicás el escrache como herramienta para los feminismos?
–El escrache me parece muy útil si la persona no se queda boyando ahí. Es como una expresividad que, si es reparatoria, no sigo escarbando la herida, sino que digo “te escraché, esto es público”. Es muy importante, en la violencia, sacar del secreto las cosas y que se vean como son. Hay una postura que es digna. No es de víctima decir “a mí me pasó esto, me estoy recuperando, y no lo hago solamente por mí”. Y al que lo supo aprovechar, le vino muy bien también el escrache. Muchos lo dicen: se estaban volviendo personas muy horribles. Me parece muy interesante el varón que se puede ubicar en ese lugar y decir “este límite quizás fue salvaje, pero es lo que necesitaba para parar”.

–Cuando decís que “no quede boyando en el escrache”, ¿a qué te referís?
–A que sus vidas siguen enroscadas en el escrache como antes estuvieron enroscadas en seguir a la banda. Entonces, por positivo o negativo, la persona está enredada alrededor de un hombre. Si yo dos años después sigo mirando a ver qué está haciendo ahora esa persona que abusó de sus privilegios conmigo, sigo sufriendo. Puede ser que la persona haya cambiado y yo sigo replicando la misma escena de cuando esa persona fue horrible. Algo pasa ahí, en esa reiteración. Estamos hablando, vuelvo a repetir, de abusos de privilegios machistas. No estamos hablando ni de corrupción de menores, ni de abuso sexual agravado por el vínculo, ni de violaciones, que son delitos. Por eso a mí me gusta mucho ver dónde estamos ubicados. Si yo reconozco que mi vida como mujer es mucho más que ese abuso del que fui víctima, a partir del reconocimiento de ese hecho se produce un movimiento en mi interior de ir hacia otro lugar, de hacerme respetar de otra manera, porque no siempre me encuentro con gente que lo hace y esa es la que amerita que yo tenga la fuerza de poner un límite. Y si no lo logro sola, están mis amigas. Vamos a ir juntas. Además, el escrache suele tener una repercusión más allá de uno mismo. Desde el punto de vista de no generalizar, a veces es apropiado. Ahora, ¿cuándo nos damos cuenta que es apropiado? Después, como todas las cosas en la vida.

“El escrache fue muy efectivo, pero no soy dada en la generalización: hay mujeres a las que les sirve y hay mujeres a las que no les sirve ni un poco.”

–¿Por qué es apropiado?
–Porque cuando nosotras decimos condena social, hay condena social. Hay varones que han perdido prestigio, posiciones, dinero; bandas que se han disuelto. O sea, la persona no fue presa, porque quizás aquello por lo que se lo denunció, no es para presentar un cargo en la Justicia, pero esa persona fue condenada. Ahora, no sé qué pensarás vos, pero cuando una persona va presa, cumple una condena y sale, merece volver a tener trabajo y una oportunidad, no que se le cierren las puertas y vuelva, por ejemplo, a robar como única opción. Entonces, una persona que fue escrachada, que perdió prestigio, trabajo, que se disolvió su proyecto, que pasó una determinada cantidad de tiempo que en algunos casos son años, nos tenemos que preguntar: ¿esa persona pagó por lo que hizo? ¿Me parece suficiente o yo sigo pretendiendo que se exilie, que no haga más lo que hacía? Quizá tiene una oportunidad de volver y ver si puede -porque no lo sabemos, por ahí vuelve a las andanzas- hacer algo diferente. Si tiene una oportunidad una persona que ha estado en la cárcel, ¿cómo sería la oportunidad del escrachado en este caso?

–Si hay algo en común en muchos de los escraches es la diferencia de edad entre el acusado y la víctima, ¿creés que este tipo de vínculo debería ser cuestionado?
–Si el varón realmente se da cuenta que una chica lo desea, pero él no va a utilizar eso en su beneficio, no hay problema. Así como te digo que, si nosotras no endiosamos a esos tipos, si los humanizamos, es poco probable que se sientan dioses y seguramente se vean de una manera más justa. Esa es la asimetría. También, hay personas que tienen 32, pero tienen 14. Pero bueno, si me doy cuenta que la persona me está idealizando, que me está eligiendo no por lo que soy, sino por lo que ella imagina y que eso puede ocasionarle dolor, le voy a poner un límite. Voy a decirle “no, no querés estar realmente conmigo”. Es un gesto de cuidado, de no usar su inmadurez en mi beneficio. Ahí está la responsabilidad afectiva: si yo me doy cuenta que vos te estás subiendo a un tren al que yo no y te estás confundiendo, no te tengo que generar más expectativas, porque ya bastante tenés con tu fantasía. Ahora, nadie te va a hacer una denuncia penal por eso, pero tenés que percibir que no estás en igualdad de condiciones.

–¿Cuál es la diferencia entre ser culpable y ser responsable?
–La condena. Cuando una persona es sentenciada es porque se pudo comprobar que es responsable de lo que hizo y se la castiga. Otra cosa muy distinta es hacerme responsable y decirte “sí, soy responsable”, que esa me parece que es la charla pendiente de los varones con respecto a las personas con las que abusaron de sus privilegios. Es muy distinto a “me siento culpable”: ahí delego en el otro el perdón. Eso también es narcisista. La culpa y el perdón la asocio a la religión. Entonces no, pará, pongámonos a ver a quién heriste, cómo se sintió ella, basta de eso de “soy horrible, soy un monstruo”. Es la otra cara de ser divino y maravilloso.

–¿Es posible una vuelta a los escenarios para estas personas sin “recaer” en las mismas situaciones?
–Si se vuelven a subir sientiéndose más, sintiéndose soles, no sirvió de nada. Ahora, el que canta, canta. El que escribe, escribe.

–Son trabajos…
–No puede no cantar alguien que canta. No puede no componer alguien que compone. No puede no pintar alguien que pinta.

–¿Cómo explicarías la dicotomía entre esa sensibilidad que se le atribuye a los artistas y lo que, luego, son en sus relaciones?
–Es que ahí está la idealización. Hay que entender que hay aspectos donde aflora lo mejor de nosotros. Hay personas que tuvieron una obra maravillosa que fue mucho más allá que ellos mismos. Entonces no tenemos que confundir al artista con su obra. El artista es una persona como vos, como yo y puede ser tan o más limitado que nosotras. Y quizás lo mejor que tiene para darnos es su trabajo, no su compañía.

–Su obra no es “falsa” entonces…
–No. Es lo mejor. Ahora, generarle a esa persona la responsabilidad de que él sea un ser maravilloso es pedirle demasiado. Y también es ser muy fantasioso, ¿por qué la convierto en Dios? ¿Por qué tiene que ser más intachable que vos o que yo? ¿A vos te piden tanto? Muchos recién ahora están volviendo a trabajar. Habrá que ver qué producen.

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