El mail enviado por la agencia de prensa de la plataforma de streaming hace clic en mi casilla de correo electrónico exactamente cinco minutos después de haber terminado una charla de una hora con Shaman Herrera. Lo leo y pienso que esa información que acaba de llegarme sobre el comportamiento de los oyentes en plena cuarentena encaja a la perfección con muchas de las definiciones que habíamos debatido con él. De hecho, las últimas palabras que el músico y productor argentino me había dicho fueron, textualmente: “Esa conexión vale más que cualquier canción subida en Spotify”. Nacido en Comodoro Rivadavia, Herrera llegó a La Plata en 2001, en pleno hervor del indie platense, cuando Él Mató a un Policía Motorizado desplegaba su trilogía de EPs con la que inició su camino hasta erigirse como estandartes de ese movimiento. Shaman trabajó con ellos, fue integrante de Sr Tomate, produjo a La Patrulla Espacial, Prietto Viaja al Cosmos con Mariano y a los mendocinos Mi Amigo Invencible, y, principalmente grabó sus propias canciones con Los Hombres en Llamas, primero, con Los Pilares de la Creación después, con El Fuego en su última incursión en banda. Pero en 2017 tomó la decisión de volver a sus raíces patagónicas y se mudó a Epuyén. A vivir en una cabaña en medio de un bosque, un lugar donde Internet casi ni llega. Shaman no se fue solo. Allí llegó con su compañera y la hija de ambos: Govinda. En el Sur Argentino nació Bruna, la más reciente incorporación a la familia y quien abraza a su padre sin soltarlo durante esta hora de entrevista por Whatsapp. Ay, las conexiones. Él en Epuyen, yo en Barcelona, y un conversatorio que giró sobre Isla, el disco que acaba de lanzar en este 2020 y en el que encuentra la urbanidad perdida; sobre Otro Lugar, el dream team que armó con músicos platenses; sobre Fútbol Shaman, donde se unió al trío con la formación más delirante del rock argento; sobre cómo Sueño Real (2015) es un disco al que siente como ajeno mientras El primero es el último (2018) es su predilecto; sobre como usa el poder del Khöomei, el sonido gutural mongol que apareció de repente en su vida artística; sobre como compone canciones tristes para hacer el bien; sobre Rosario Bléfari y Andrés Calamaro; sobre la cultura como forma de control y sobre como lidia con su arte entre tanto “éxito capitalista”. En fin: Shaman Herrera.

Shaman Herrera
Foto: Juan Francisco Sánchez (Gentileza prensa Shaman). 

-En “Zorzal”, la canción que abre Isla, pareciera que hacés referencia a un cambio en el entorno que te acompaña.

-Sí, tiene que ver. Esa canción habla de La Plata, esa autopista que nombro es la que comunica a esa ciudad con Buenos Aires. Habla de mi vida allá. También de una fantasía que tenía de frenar al costado en un arroyo y ponerme a pescar. Siempre veía que lo hacía la gente y nunca la concreté. Y el zorzal es porque yo siempre componía bajo el ciruelo al fondo de la casa, era mi lugar predilecto para hacerlo. Siempre había un zorzal en las mañanas cuando tocaba ahí, y por eso la llamé así. La frase “siempre al volver atrás las cosas no suceden como antes”, está porque son mis recuerdos de allá y eso en algún momento va a volver. Lo digo con un sentimiento de felicidad, de que las cosas pueden mutar. Recordar y sentir lo único de esos momentos vividos y que son irrepetibles, pero con la idea de seguir creando momentos irrepetibles.

-Esos momentos irrepetibles cambiaron de lugar, con otra escenografía, que se relaciona más con tus inicios. Pero hay un salto ahí, que hiciste, porque largaste esa posición que habías desarrollado en la escena platense para mudarte lejos, en un entorno artístico donde tenés todo por hacer. ¿Cómo vivís eso?

-Todos mis movimientos de lugares en los que viví fueron conscientes, siempre sabiendo lo que quería de eso. No me fui triste de La Plata, quería venir acá. Quería esto de estar aislado, con otro entorno, porque para mí es importante como artista, me funciona, me inspira. La idea era venir para tener un trabajo más intenso en lo compositivo y no tanto de salir a tocar. Es un momento en el que tengo dos hijas pequeñas, no puedo salir tanto de gira. Ha sido un tiempo de mucha creación estos últimos tres años, quería potenciar eso. Componer como loco y cuando las niñas sean grandes salir a tocar desde esta base en la Patagonia. También es como que las raíces llaman, yo me siento patagónico más allá de que se me relacione con La Plata. Igualmente la escena platense tiene una identidad forjada por gente de otras provincias, de otros países, es una ciudad muy cosmopolita, es una cosa muy world music, pasa de todo. El sonido de La Plata es identificable en cierto punto pero al mismo tiempo es un montón de cosas. Al estar allá reafirme mi ser patagónico, hizo que reafirmara mi lugar de procedencia y lo tratara de expresar en mis canciones. Mis canciones hablan de acá, de este lugar en que vivo ahora, y por eso Isla tiene esa cosa más urbana. Como que de acá veo mejor la urbanidad a la distancia, así como desde allá veía más claro a la Patagonia.

-Es como que en ambos casos lo veías mejor desde afuera.

-Sí, es como que la distancia te da perspectiva. Hasta en las relaciones humanas. Tomar distancia de los amigos es re loco. Hay gente que en La Plata la veía dos o tres veces por semana y ahora no me hablo. Te das cuenta que las relaciones toman otras características, sin caer en sentir que son buenos o malos amigos por eso. Seguramente si las veo es abrazo y llanto, pero simplemente no necesitamos estar comunicados constantemente por Internet para que el cariño siga intacto.

-Antes hacías referencia a la urbanidad de Isla. Está esa idea de que en la montaña es todo hippismo, guitarras y fogón, pero en realidad en la Patagonia se escucha mucha música electrónica.

-La movida electrónica es mejor en la montaña que en la ciudad. Así nomás lo digo. Hay artistas electrónicos acá que son increíbles. Esa del fogón pasa en verano con la gente que viene de Buenos Aires con su guitarra, pero acá nada que ver. (Se ríe) Acá es electro, goth, y mucho heavy metal.

“La voz es donde primero experimento porque es mi instrumento, es lo que mejor manejo”.

-Más allá de la experimentación sonora desde lo instrumental, siento que en Isla sobre todo probaste nuevos caminos desde lo vocal. ¿Cómo trabajaste eso?

-Siempre pruebo. La voz es mi instrumento y por eso intento llegar a nuevos horizontes. Hay una experimentación con el canto en velocidad. Por ejemplo en “Tecka en Repeat”, donde no llego a rap, pero sí a decir muchas palabras por segundo. La voz es donde primero experimento porque es mi instrumento, es lo que mejor manejo. En este caso la producción tiene otras texturas, es cierto. Traté de que contengan a la voz de otra manera. Los temas los produje en casa, en soledad, un poco por eso le puse Isla. Aislado. Muy loco que haya coincidido con la cuarentena porque el disco, portada y nombre estaban desde finales del año pasado.

-¡Sos un precursor del aislamiento!

-Me vine a aislar, sí. El primer año viví en el bosque, en una cabañita donde dejaba el auto a 150 metros. Pero es incomparable, lo mío no implicó sufrimiento sino puro placer.

-Pareciera que en Sueño Real hay un Shaman que se muere en “Gracias por tanto”. Hay un sentimiento de funeral en esa canción. ¿Tenía que ver con decisiones ya tomadas sobre la mudanza?

-Ese sentimiento está más presente en El primero es el último, que es la grabación final con Los Pilares de la Creación. “Gracias por tanto” tiene que ver más con la muerte en el sueño. El sueño de la muerte. Ese disco tiene una cosa muy onírica desde un lugar más literal. Pero en todos mis discos hay una muerte, al final cada disco es un nacimiento y una muerte. Esa propuesta a mí es la que me hace renovarme disco a disco, me obliga a empezar y terminar, a no enganchar disco con disco. O sí, pero no de una forma consciente. Siempre es una búsqueda más allá, un paso que implique que cada disco tenga su propia identidad y su propia muerte. En El primero es el último sí que hay una energía de culminación de un sonido. Desde el título, a cómo se produjo, las formas… Es un cierre a un sonido orquestal que empezó con Shaman y Los Hombres en Llamas. Sueño Real es un disco extraño, un paréntesis entre mis discos.

-No lo querés mucho a Sueño Real

-No es que no lo quiera. Lo siento aparte. Pero tengo mis razones, no es que no me guste. No lo produje, no tengo nada que ver con el sonido de ese disco. Solamente estando en el estudio tiré ideas de producción de formas, pero en cuanto a la sonoridad del disco, la mezcla y el master, no tuve ninguna injerencia. Hay hasta desde lo estético una cuestión muy colectiva y no tan mía.

-Es como algo más adoptado que propio.

-Adoptado en pos de una idea grupal. Soy yo pero se tomaron decisiones de grupo. Es diferente porque soy bastante dictador en mis discos. No de malvado, sino porque me gusta llevar el control estético de mis discos, algo que sucedió en todos menos en Sueño Real. Igual lo laburé con uno de los mejores productores, (Ernesto) Neto García, un maestro que falleció hace dos años, que nos dejó un montón de enseñanzas. Hay mucho de él en Isla, porque Neto odiaba los platos. No le gustaban, para él no tenían que existir en la música. Así que en Isla no hubo ni un plato, lo hice pensando en Neto. Finalmente está todo conectado.

En este último tiempo hice más de 50, 60, 70 canciones, que sé yo, perdí la cuenta. Obviamente muchas eran una mierda, que las terminé descartando, pero era cuestión de hacer cosas, de ser prolífico”.

-Es que tu esencia de productor es fuerte. Trabajaste con muchos artistas, en el inicio de la trilogía de Él Mató a un Policía Motorizado, con Sr Tomate, con Mi Amigo Invencible… Ceder esa posición tampoco era fácil.

-Cedí mi lugar en pos de un proyecto colectivo, para tener más hype. Teníamos al Neto, que fue todo de amor, no es que lo busqué para pegarla. Llegó por un amigo y resultó ser uno de los mejores productores de México, ganador de tres Grammy, un chabón grosso que cayó en un momento justo. El disco suena increíble.

-En El primero es el último hay pocas guitarras, por primera vez no son el eje de las canciones. ¿Qué razón artística hay detrás de esa decisión?

-Quería poner otras texturas. Quería ser cantante. Cantar sin tocar ningún instrumento. En la orquestación hay violines, viola, cellos, tuba, trombón, trompetas… Hay de todo. Entonces al ser tan orquestal pensé que la guitarra podía no estar y tener esas texturas. A eso le sumamos una base de rock de bajo y batería, pero sin guitarra y con violines ocupando ese lugar. El resultado me encanta. Es mi preferido de esa etapa. Es el que mejor encierra esa idea de la evolución que tuve en lo orquestal. Aparte fue el disco en el que entró Julián Rossini, que es el arreglador, el que más trabajó. Ahora con él, Edu Morote y Lisandro Castillo armamos Otro Lugar, un proyecto nuevo con el que salimos en octubre en formato banda. No como Shaman. Es banda.

-¿Por dónde va esa experimentación?

-Como te decía antes, estos tres últimos años fueron sarpados en canciones. Tenía tiempo, me levantaba a la mañana y tocaba para la bebé. Hacía canciones. Entonces hice más de 50, 60, 70 canciones, que sé yo, perdí la cuenta. Obviamente muchas eran una mierda, que las terminé descartando, pero era cuestión de hacer cosas, de ser prolífico. Así que las fui separando por grupitos, pero no para discos míos, sino pensando en proyectos en los que participe pero no como “figura estelar”. Porque también me interesaba tener la mecánica de la banda, de un proyecto compartido y con amigos donde todos tengamos el mismo peso. Eso es Otro Lugar, una banda. Yo aporto la composición primordial, pero la producción y el vuelo de la música se la dan ellos. Yo le mandé guitarrita y voz, y ellos las produjeron. Están haciendo un laburo increíble. En octubre sale un tema y después cinco en un EP. Para fin de año sale otro EP y si podemos en otoño del año que viene el tercero. Nos faltan grabar dos temas nada más. Y cuando se pueda salir a tocar hacerlo con esta banda. Todos están en un momento muy alto a nivel musical.  Es como un dream team para mí.

-Dentro de esos proyectos está el que armaste con Fútbol…

-¡Sí! Ya salimos con dos canciones, “El canto de los pumas” y “Velas negras”. El año que viene saldríamos con Fútbol Shaman, el disco. Es la base de ellos de guitarra, violín y batería, a la que me sumo yo en voz.

-Fútbol Shaman me suena a programa de TV de domingo, de debate caliente.

(Risas) ¡Claro! Hay muchos jugadores que podrían ser Fútbol Shaman. El Trinche Carlovich, por ejemplo.

-Me imagino un George Best o un Eric Cantoná como Futbol Shaman.

-Totalmente. Los sabios del fútbol.

-El Primero es el último también tiene un documental, que contó con la producción ejecutiva de Andrés Calamaro. ¿Cómo es tu relación con él?

-Tenemos un amigo en común que le mostró mi música. A Andrés le gustó, me mandó unos Whatsapp tirándome cariño y buena onda. Así empezamos nuestra relación. Cuando estábamos embarcados en el proyecto de la película con Manque La Banca, el director, hicimos todo en Súper 8, que tiene otro costo que el digital. Llegamos a filmar una parte, pero nos faltaba para terminarla. Ahí yo pensé en Andrés como alguien que podría contactarnos con alguien de la industria que le interese producir lo que estábamos haciendo. Su respuesta fue “yo te lo quiero producir”. Así que aportó lo que faltaba para poder hacer la película. Un genio total, todo el amor. Pero no tenemos una relación asidua. Quedó ahí, se acercó, me habló, me ayudó y nunca más me contestó los mensajes (risas). Fue un aporte económico y moral increíble, una súper caricia. Que alguien así se acerque a mí fue genial.

Hacer bien no necesariamente significa hacer feliz. Hago mayoritariamente música triste que hace bien, que es otra cosa

-Antes decías que en estos años compusiste muchas canciones con tu hija como espectadora. De hecho el canto khöömei, que de alguna manera es tu marca registrada, se usa como arrullo para les niñes. ¿Cómo les acercas la música a ellas?

-De forma muy inconsciente, yo estoy todo el tiempo con la música. Si no estoy tocando yo, la estoy produciendo. Así que todo el tiempo hay música. Siempre es muy natural. Y el khöömei lo hago jugando con ellas, pero no es que lo practico habitualmente. A mí se me apareció en un momento y fue completamente revelador su sonido, al punto de aplicarlo en algunas canciones. Pero después me di cuenta que es algo super poderoso y que tiene que estar balanceada su presencia. El poder que tiene, hipnotizante, hace que tome mucho peso. A mí me gusta que las cosas sean balanceadas, salvo que necesite que tengan ese peso. En las canciones que está puesto, el peso está justo, las palabras que preceden al canto son las justas para que entre el canto y que aparezca. Tiene que encajar, por eso no lo uso tanto. Igualmente la voz es mi instrumento, así que me la paso haciendo ruiditos aquí y allá.

-Sabiendo que tenés ese poder ¿lo has usado como vía de sanación? ¿Hiciste o te hicieron terapias con la voz?

-No, nunca lo trabajé así. Pero internamente hago música para hacer bien. Esa intención siempre está. Y también es verdad que, con el canto gutural, con el khöömei, vos podes usarlo como una intención sanadora en un contexto esotérico de las cosas. Como una terapia alternativa. Nunca lo hice y no sé si lo voy a hacer. Sé que está el poder, pero no quiero atribuírmelo. Es una responsabilidad.

-¿Cómo se hace música para hacer bien?

-Hacer bien no necesariamente significa hacer feliz. Hago mayoritariamente música triste que hace bien, que es otra cosa. La intención siempre está, yo canto mis canciones desde un lugar muy interno, no desde un sentimiento personal, sino desde el subconsciente saco cosas. Mi poesía va por ahí, la historia se va desarrollando a medida que aparecen las palabras, las voy construyendo de una manera en la que el significado es mayor que con el que empecé a escribirlo. El desarrollo me lleva a hablar de algo más grande, pero insinuado, termino generando muchos hilos sueltos que se dan a interpretaciones. Es lo que me interesa que suceda con mis letras, pero con la música en general también, me gusta que el oyente tenga sus interpretaciones y no darle de comer en la boca.

-¿Cómo ves ciertos manejos de la industria musical? ¿No es injusta a veces?

-Ninguna industria para mí es buena. Por eso no pienso en eso. Pareciera que la industria le pide a los artistas que se adapten a ella, y si no te adaptas nunca vas a ser nada. Quizás no es real, pero es lo que todos te quieren hacer entender. Yo siempre digo, hablando de la industria cultural, que estás fusionando dos palabras que no van juntas. Es terrible. Terence McKenna decía que “la cultura no es tu amiga”. Para él la cultura es el instrumento que tiene el Poder para amoldarte y mantenerte dentro de unos márgenes “aceptables” para tenerte y venderte cosas. Esto lo dijo en los ‘80s, imagínate ahora que nos tienen taggeados. Abrís YouTube y te aparecen cosas que te gustan porque ya saben lo que te va. La cultura es un elemento de control.

-Pero vos decís eso desde dentro de la cultura, también…

-Sí, es inevitable sentirse parte de eso. Lo que dice Terence es que más allá de consumir tenés que aportar culturalmente. Más vale hacer música que ir a ver bandas, eso es lo que dice. Él dice que cualquier cambio estructural del sistema empieza por una unidad, entonces esas cuestiones globales, de movimiento, es posterior a esta etapa del único ser que desencadena todo lo demás. Por eso los grandes cambios sociales y culturales tienen que empezar por una “falla” de alguien al que primero le hace clic y de ahí al resto. Eso decía McKenna. Lo que me da la pauta de que la cultura está buena, escuchar música, consumir cosas, lo que sea, pero no ocuparte la vida en tratar de estar en onda. Cuánto más fuera de la onda estés, más onda vas a tener. Eso es lo que pasa con los grandes artistas. Sin considerarme uno de ellos, es lo que intento hacer, ir siempre por el costado de lo que sucede. Una manera es siempre llegar tarde, no estar en sincro. Cuando el trap pase de moda, yo voy a empezar a hacer trap. ¿Entendés? Es una manera de escaparle a las cosas. No estar pendiente de las cosas que están sucediendo, sino en lo que vos estás queriendo expresar. Tomar lo que conoces para expresar lo que conoces. Pero no buscar lo que está a la moda para vos estar a la moda.

No creo que la muerte de Rosario Bléfari sea menos triste si hubiera sido aceptada antes o si hubiera sido más famosa”.

-Pero ir al costado hace que las cosas tarden más, quizás. Es lo que pasó por ejemplo tras la muerte de Rosario Blefari. De pronto ocupó un lugar en ciertos medios de comunicación que se merecía cuando estaba viva.

-Lo de Rosario es una alegría que se la recuerde de esta manera, con la carrera independiente que hizo. Es una abanderada de la autogestión. Es la madre del Indie argentino y una de las grandes madres de la música independiente de Latinoamérica. Que haya tenido esa carrera y que sea recordada como es, es lo mejor que un artista pueda tener. No me parece que el reconocimiento de la industria sea importante en vida. No creo que su muerte sea menos triste si hubiera sido aceptada antes o si hubiera sido más famosa. La loca hizo lo que quiso con quien quiso y se fue con una obra increíble dejando un legado mucho más grande que muchos artistas súper reconocidos que suenan en la radio todo el tiempo. Eso me parece. Como artista ojalá yo pueda tener un poco de ese reconocimiento que tiene Rosario cuando me muera. Y no la fama. Creo que a Rosario no le importaba tener más reconocimiento que el que tuvo. Ella nunca lo buscó. Era una loca que vivía en libertad. Eso es ser un artista, vivir en libertad. Es la máxima expresión, lo máximo que uno pueda hacer para ser libre en el mundo, porque es arte. No vale nada. El valor es otro, no se mide en el éxito. Es otra cosa. Después está el éxito capitalista, el de la industria, el que nos bombardean desde los medios. Todos esos son artistas que pueden ser buenos, pero que al sistema le funcionan. Hacen que la rueda gire. Y vos podés hacer algo sarpado pero va en contra de lo que rueda pide. Por eso no te pasan.

-Lo que importa es conectar con alguien, llegarle a alguien.

-La idea es conectar con los seres humanos. Rosario conectaba tocando, escribiendo o actuando, lo que sea. Era una persona muy luminosa, con la que al toque generabas una conexión. Te sonreía y ya era tu amiga. Esa conexión vale más que cualquier canción subida en Spotify.

Deja unComentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *