“Hoy Tomasito y los Drum-drum tocan en el Medicine Room”. Los primeros versos de la canción que abrió el streaming en el que Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado celebraron los 15 años de ser la banda que acompaña a Indio Solari, no podían ser más certeros. Hoy el mundo es un gigantesco Medicine Room a causa del COVID-19, todxs estamos en aislamiento y somos un poco ese Solari que en el imaginario popular mira la vida pasar desde de un ventanal. Así, miles de personas alrededor del mundo (oficialmente 20 mil pero, se sabe, los ricoteros no saben de sold out y siempre buscan la forma de estar) se unieron a través de una pantalla, subieron el volumen y se dejaron llevar por un viaje en el que recorrieron no sólo la etapa solista de Indio, sino también muchas de las canciones de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. El inicio formal de esta aventura televisada fue con el documental Con los puños en alto, realizado por Cráneo Films, con la producción periodística de Pablo Mileo y el archivo fotográfico de Edgardo Kevorkian. Allí repasaron el camino que hicieron Los Fundamentalistas desde El Tesoro de los Inocentes (2005) hasta El Ruiseñor, el amor y la muerte (2018), desde los recitales en La Plata con Solari estrenando su nueva faceta, hasta este presente que 22 shows después lo tiene como invitado especial en formato holograma. Pero también revisionaron cómo los músicos lidiaron con el pasado y con los ricoteros, cómo sintieron los hechos trágicos en Olavarría y cómo viven en este presente en el que el alma pater sobrelleva el Parkinson con sus altos y bajos. También sirvió para entender cómo es este momento de Carlos Alberto Solari, que se encuentra en una etapa cúlmine de su carrera. Su aporte al documental fue a través de mensajes de audio que se replicaron en una pantalla de tv, la misma que de forma omnipresente acompañó a cada entrevistado, como quien vigila la escena desde un circuito cerrado. En el último tiempo lo vimos interactuar con su gente como nunca antes, con Facebook, Instagram y Twitter oficiales, sus propios canales en los que abre debates, responde, recomienda la música y libros que le gusta, defiende y se embarra en las arenosas tierras de la política, se mensajea públicamente con su mujer Virginia, y se anima a encarnar al Cantante Tímido, ukelele en mano. Otro Indio, uno que más que nunca comprendió la finitud de la vida, se abraza a ella y da todo lo que puede de sí.

Casi sobre el cierre del documental suelta una reflexión: por ahora sigue sin ser el Indio Solari que puede subirse a un escenario. Es en lo único donde aun mantiene sus reservas, su lugar sagrado sobre la tierra. El escenario que lo vio nacer como artista a finales de los setenta, cuando lideraba una horda de locos y locas ardientes de psicodelia, fiesta itinerante que acabó cuando las cosas se pusieron más serias y a mediados de los ’80s llegaron las primeras grabaciones (Gulp y Oktubre). Ahí todo se redujo a la santa trinidad conformada por él, Skay Beilinson y la Negra Poli. El profesionalismo trajo unos Redonditos de Ricota que crecieron musicalmente a la par, con errores y virtudes, arropados por una convocatoria nunca vista en la Argentina. El pacto con el diablo se terminó de sellar en Luzbelito, donde el joven lobo que se quemó de amor perdió la inocencia y se tiñó de muerte. Ese es el punto en el que Solari alcanza su madurez compositiva y como artista. Luego los samplers, las complejidadades y las capas de sonidos trajeron las diferencias con las otras aristas del trío que manejaba los designios de Patricio Rey. Para cumplir con sus expectativas necesitaba otros compañeros de ruta, y ahí es cuando entran Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Un nombre que apela a la comodidad pero que justamente lo alejó de su zona de confort, alcanzando su mejor forma artística.

Este show en streaming no es un ejercicio de nostalgia, es una pintura de guerra de lo que vivimos hoy. La etapa solista de Indio tiene tres palabras en común: la oscuridad, la muerte, y el consuelo. Como si nos estuviera preparando para el final. “Vivir solo cuesta vida”, “A vivir que son dos días”, “Que corta es la vida mi amor” son frases que Solari ha ido soltando para decir que estamos acá, pero con un ojo en el abismo. En sus últimos discos intensificó esa mirada y los fue llenando de canciones que van a quedar como un pañuelo que te acercan cuando estás llorando una pérdida. Como ese vaso de agua que te detiene las lágrimas. Por eso más que nunca bebamos de las copas más lindas que tenemos hoy. Y esas copas son nueve músicos, de los cuales ocho se transfieren el peso de llenar el hueco vocal, estratégicamente alineados en el escenario para no ocupar del todo ese lugar que sigue teniendo un único dueño que, eventualmente, reaparecerá para buscar lo que es suyo. En el que más fielmente recae esa tarea es en el tecladista y guitarrista Pablo Sbaraglia. Su registro se acerca sonoramente a Solari en tracks como “Tomasito podes oírme, Tomasito podés verme”, “Yo caníbal”, “Una piba con la remera de Greenpeace”, “Chau mohicano”, “Había una vez”, “To beef or not to beef”, “Flight 956” y la propia “Nada (Zippo rock)”. La versatilidad instrumental y el carisma que despliega en justas dosis resultaron un plus. Los guitarristas Gaspar Benegas y Baltasar Comotto se repartieron los rocanroles y manejaron brillantemente las estridencias. El primero se lució en “El tesoro de los inocentes” “Martinis y tafiroles”, “Vino Mariani”, “A la luz de la luna”, “Pabellón séptimo”, y las incursiones redondas “Juguetes perdidos” y “Mariposa pontiac – Rock del país”. El segundo se hizo cargo de “Amnesia”, “Todos a los botes”, “Vencedores vencidos” y su “A lo mejor”. La impronta particular con la que Luciana Palacios encaró “Por qué será que Dios no me quiere” y la perla inédita “Honolulu” fue otro de los momentos altos del show. A su lado, Deborah Dixon hizo lo propio en “Blues de la libertad”, “Caña seca y un membrillo” y “Es hora de levantarse querido”. Guitarristas, tecladistas y coristas no fueron las únicas y los únicos que pusieron su voz en función de las canciones. Sergio Colombo dejó el saxo para cargarse “Me matan, Limón”, “Y mientras tanto el sol se muere”, y “Ceremonia durante la tormenta”, mientras que el trompetista Miguel Ángel Tallarita se ocupó de “Gualicho” y el bajista Fernando Nalé de “Preso en mi ciudad”. El único que se mantuvo estable en su rol fue el baterista Ramiro López Narguil, la más reciente incorporación a este noneto.

El Artista Invitado que todos esperaban apareció por primera vez, tímidamente, en “Yo canibal”, luego en “Porco Rex”, en imágenes extraídas del DVD En concierto (2015), pero exactamente a mitad del show tomó más peso su presencia en “Susanita” y “Un Ángel para tu soledad”. Una lista de 36 temas, la más larga hasta ahora, tuvo como frutilla del postre el repaso de El ruiseñor, el amor y la muerte, el espacio que Indio eligió para cantar desde las pantallas “La moda no es vanguardia”, “La oscuridad” y “Pinturas de guerra”. El pogo virtual más grande del mundo, “Jijiji”, fue la última conexión entre Fundamentalistas, Indio y su público. Conexión que durante las casi tres horas del recital no falló jamás y sentó un precedente firme para el futuro. El que la seca la llena: si nos sacamos de encima el destino, permitime adivinar que es por acá.

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